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Avance de «Cornelius: Soldado de Dios»

  • 5 hours ago
  • 7 min read

Me emociona poder compartir un extracto de la novela. No es el primer capítulo, porque quiero que ese sea sorpresa. Sin embargo, este capítulo te dará una idea de lo que sucederá a lo largo del libro.


Recuerda que la novela saldrá tanto en ebook como en pasta blanda, y que el ebook ya se puede pre-ordenar aquí:


Ahora sí..., ¡disfruta!


Extracto de un capítulo de «Cornelius: Soldado de Dios»...



Cornelius salió de la casa esa mañana y estiró los brazos, los hombros, el cuello.


El cuello le hizo crac.


Ah, necesitaba eso, pensó.


Allí, de pie en la calle, olió el pan recién horneado de una panadería en la esquina. El sol ya había salido, y por la calle adoquinada andaban las personas de aquí para allá. Filipos era, después de todo, una ciudad importante en el Imperio, y por lo tanto estaba llena de gente.


Se sentía lleno de energía, aunque ya no era un hombre joven.


Hace mucho que dejé de ser un joven por fuera, se dijo. Pero no por dentro.


Por dentro se sentía como nuevo.


Más de sesenta inviernos. Esa era su edad. Sin embargo, seguía siendo un hombre vigoroso, con un pecho de barril, brazos fuertes y mirada seria. Se había ejercitado casi diariamente desde su juventud, y conservaba su cuerpo en excelente condición física, excepto por sus muchas cicatrices. También le faltaba la mitad del dedo meñique de la mano izquierda. Irónicamente, no lo había perdido en una batalla, sino en un accidente de cocina.


Sí, seguía siendo un hombre fuerte, y sabía bien que su presencia imponía. De llevar una espada al cinto, podría esgrimirla mejor que cualquiera en la ciudad.


Aunque ya no llevaba arma envainada, excepto por una daga corta que usaba para lo que se necesitara.


Bueno, decir que no llevaba espada no era del todo correcto. Simplemente no era una espada de acero.


Llevo la espada de la verdad.


Así la llamaba Pablo en sus sermones: «la espada del Espíritu, la palabra de Dios».


De todas maneras, Cornelius miró cuidadosamente a su alrededor, asegurándose de que no hubiera enemigos cerca. No lo podía evitar. Era el soldado que llevaba adentro. La experiencia de años al servicio del más grande ejército que había existido en la historia del mundo: el ejército romano, del cual había llegado a ser célebre centurión.


Y es que, efectivamente, tenían enemigos. A todos los lugares a los que iban, personas querían matarlos. En algunas ciudades, los judíos que se enteraban de su predicación. Y en otras ciudades, los griegos, que rechazaban el mensaje de Dios.


Y en muchos casos: ¡judíos y griegos!


Sin embargo, no veía a nadie sospechoso. Ningún espía.


Escuchó a sus espaldas:


—Siempre el primero en salir, mi señor.


Cornelius se dio la vuelta y le sonrió a Servius.


—Ya te he dicho que no me llames señor. Ya no eres mi optio. Ahora eres mi hermano en Cristo.


Servius había sido su más fiel servidor y ahora su mejor amigo. Era unos años menor que él, con el cabello gris, ojos marrones, y seguía teniendo aquella presencia segura que todos los veteranos de la guerra conservaban.


—Lo sé, hermano mío —respondió Servius—, pero no lo puedo evitar. Hay algunas costumbres que se quedan para siempre. En especial en nosotros, los romanos.


—En eso tienes toda la razón.


Costumbres. Vaya que he cambiado muchas de mis costumbres.


Pero algunas se quedaban, como la disciplina, el coraje, el valor de un soldado, y no cualquier soldado: uno romano.


Servius miró a ambos lados de la calle, poniendo especial atención a las esquinas y a las sombras debajo de los tejadillos.


—¿Ningún soplón?


—Ninguno.


—Vaya. Eso es bueno. Yo pensé que nuestra estancia con la señora Lidia llamaría la atención.


—Si todavía no llama la atención de algunos, lo hará tarde o temprano —respondió Cornelius.


Lidia era, después de todo, una mujer influyente en la ciudad. Tenía un lucrativo negocio de telas de lujo —en especial púrpura— que había heredado de su fallecido esposo. Ella y sus dos hijos adultos manejaban el comercio desde distintos puntos de la ciudad, y desde hace años era una de las mujeres más reconocidas en Filipos y sus alrededores.


Ella, sus hijos y la familia de sus hijos se acababan de convertir en discípulos del Cristo.

¡Los primeros convertidos al Camino en aquella ciudad!


Cornelius sonrió al recordar el bautismo de Lidia y su familia tan solo una semana atrás. ¡Qué gozo había sentido él y el resto de la tropa!


Lidia ahora les daba hospedaje en la ciudad. Su casa era una de las más grandes en ese barrio, con un muro externo que delimitaba su terreno y un jardín interno hermoso que rodeaba la casona de dos pisos.


En ese momento estaban justo afuera del portón del muro del sur, que daba hacia una de las arterias principales de la ciudad, una calle llena de negocios, de vida, de personas, de ruido, de asnos y caballos, carretones…


—¿Cuál es el plan? —preguntó Servius.


—Puesto que es sábado, iremos al río para acompañar a Pablo, Timoteo y Lucas a orar. La señora Lidia también irá.


—Muy bien.


En aquella ciudad había pocos judíos, por lo que no se había construido una sinagoga todavía. Sin embargo, los judíos y los griegos que eran temerosos de Adonai se reunían junto al río para elevar oraciones a Dios.


Pablo, a cualquier ciudad a la que iban, buscaba primero una sinagoga. Allí muchas veces le daban la oportunidad de dar la enseñanza, y aprovechaba para predicar a Jesús el Cristo.


Cornelius estaba seguro de que hoy, allí en el río Gangites, el apóstol aprovecharía para proclamar las buenas nuevas: el evangelio de la salvación por medio de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios.


En ese momento el portón se abrió y salieron dos personas: Pablo y Silas.


—Por más que lo intento, no logro adelantarme a ti, centurión —dijo Pablo. El apóstol de vez en cuando le seguía llamando «centurión». Lo hacía de cariño, y Cornelius lo sabía.


—No hay razón para hacerlo, hermano —le respondió—. Para mí no solamente es una costumbre, sino además un placer. A mi edad, siempre me despierto antes de que cante el gallo.


—Estoy agradecido de que accedieras a viajar conmigo de nuevo —contestó el apóstol.

Cornelius no sabía la edad de Pablo, pero estimaba que tendría unos cuarenta y tantos años. Era un hombre de estatura mediana, cabello café teñido de gris por encima de las orejas, no llevaba barba y tenía los brazos fuertes de uno que trabaja con ellos. Su mirada era siempre penetrante, y le gustaba vestir sencillo, con una túnica del mismo color que su cabello y ojos, además de un báculo en sus manos.


Necesitaba del bastón por dos razones. Primero, porque caminaba con una ligera cojera por una lesión sufrida cuando había sido apedreado en Listra y dejado por muerto. Y segundo, por su problema ocular. A Pablo no le gustaba mencionarlo, pero desde aquella vez que lo habían apedreado, le dejaron la cara parcialmente desfigurada y los ojos lesionados. Aunque muchas de las heridas en el rostro sanaron, ya no podía ver igual que antes, y el bastón le servía para no tropezarse.


Sin embargo, el apóstol había aprendido a usar su báculo con una destreza extraordinaria, como si fuera un tercer brazo. Una vez, incluso, el antiguo centurión lo vio lanzar el cayado por el aire dando giros, para atraparlo sin siquiera mirar a verlo. En la opinión del antiguo centurión, ese bastón podía servir fácilmente de garrote, incluso mejor que una espada en alguna situación.


Cornelius batallaba para describir el amor que sentía por ese hombre. Era su héroe y, junto con el apóstol Pedro, uno de sus padres en la fe. Pablo no era un hombre perfecto, por supuesto. Cornelius lo sabía. Silas era evidencia de ello, pues era el nuevo compañero del apóstol después de su desacuerdo con Bernabé.


El desacuerdo entre los dos apóstoles había causado gran conmoción en las iglesias. Incluso Cornelius temió que dicha discordia significara el fin de la avanzada misionera por el mundo.


Al final, Pablo y Bernabé se dieron la mano y acordaron tomar caminos separados. Bernabé se fue con Juan Marcos, y Pablo con Silas, varón piadoso y de reputación intachable.


—¿Durmieron bien, hermanos? —preguntó Silas. Era un hombre delgado, unos años mayor que Pablo, con una calvicie incipiente y semblante de un sabio. Aunque tanto Pablo como Silas eran judíos, los dos tenían ciudadanía romana.


De hecho, toda la tropa tenía ciudadanía romana: Cornelius y Servius, Pablo y Silas, Lucas y Timoteo.


Sí, a Cornelius le gustaba llamarlos la «tropa», porque eran un escuadrón de batalla al servicio del Dios viviente. Solamente que en este caso el jefe de la tropa no era él, sino Pablo.


Y eso estaba muy bien por Cornelius. Ya había dejado atrás su servicio al Imperio. Ahora era soldado no del Imperio, sino del Reino de Dios.


—La señora Lidia vendrá más tarde, para la oración del mediodía —dijo Pablo—. Le he pedido a Lucas y Timoteo que se queden para acompañarla después. Nosotros podemos adelantarnos, quiero dar un paseo por la ciudad. ¿Estamos listos?


Todos dijeron que sí.


—Vayamos con cuidado —dijo Silas.


—¿Por qué lo dices, hermano? —le preguntó Pablo—. ¿Te ha revelado el Señor algo?


Silas era profeta de Dios.


—No…, no estoy seguro. No he logrado discernir si es la voz del Espíritu. Pero algo dentro de mi corazón me dice que este lugar está lleno de tinieblas, y al príncipe de la potestad del aire no le gusta que estemos aquí.


—Vayamos, pues, confiados en Dios —dijo Pablo—. La guerra es constante y la misión siempre peligrosa, pero nosotros somos Sus soldados. ¿Cierto, Cornelius?


—Cierto, hermano Pablo.


—Andando —dijo el apóstol.


Continuará...



Espero hayas disfrutado este capítulo. La novela se publica en marzo 17. Pre-ordenar el libro digital ayuda mucho porque eso hace que más personas descubran el libro (así funciona el algoritmo de Amazon).


Así que si no lo has hecho todavía, aquí están los enlaces. ¡Gracias por leer!

 
 
 

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